La IA y la organización de eventos responsables: ¿cómo conciliar la innovación y el impacto medioambiental?

La inteligencia artificial está transformando progresivamente la organización de eventos: generación de contenidos, automatización, personalización de las experiencias o asistencia a los organizadores. Pero estos usos digitales también tienen una huella medioambiental. Consumo eléctrico, agua, centros de datos, elección de modelos o complejidad de las consultas: el impacto de la IA depende de numerosos parámetros. Entonces, ¿cómo aprovechar las ventajas de la IA aplicada a los eventos y, al mismo tiempo, adoptar un enfoque más responsable?

La IA se va implantando poco a poco en el sector de la organización de eventos

La inteligencia artificial ya no es solo un tema de futuro para los profesionales del sector de los eventos. Está empezando a intervenir de forma concreta en diferentes fases de la organización de un evento.

En concreto, puede ayudar a crear o reformular contenidos, estructurar determinada información, automatizar tareas repetitivas, personalizar recorridos o ayudar a los organizadores a configurar su evento.

En AppCraft, esta lógica se traduce, por ejemplo, en el uso de la inteligencia artificial para ayudar a los equipos en determinadas tareas de configuración. El objetivo no es sustituir al organizador, sino permitirle dedicar menos tiempo a las tareas repetitivas y más al diseño de la experiencia de los participantes.

No obstante, esta evolución plantea una nueva cuestión: ¿cuál es el impacto medioambiental de estos usos de la inteligencia artificial?

Una consulta de IA sí tiene una huella medioambiental

La interacción con una inteligencia artificial parece totalmente inmaterial. Sin embargo, detrás de cada consulta hay infraestructuras físicas.

Cuando un usuario consulta un modelo de IA, su solicitud es procesada por servidores equipados con procesadores especializados, alojados en centros de datos. Estas infraestructuras necesitan electricidad para realizar los cálculos y para garantizar su funcionamiento y refrigeración.

La huella medioambiental del uso de la IA puede abarcar, por tanto, varias dimensiones: el consumo energético, las emisiones de CO₂, el consumo de agua y la fabricación de infraestructuras informáticas.

Por lo tanto, hay que evitar dos simplificaciones: considerar que la IA es «inmaterial» y carece de impacto, pero también atribuir una cifra única a todos los usos de la IA.

¿Por qué no existe una huella única para «una consulta de IA»?

Hablar del «impacto de una consulta de IA» como si fuera un valor universal resulta engañoso.

En su artículo «La huella medioambiental de la IA (Parte 1)», mAIjin demuestra precisamente que los órdenes de magnitud pueden variar considerablemente en función del uso. El artículo cita, entre otros, varios factores determinantes: el modelo utilizado, la longitud del contexto, el uso del razonamiento, los usos agentísticos, la región en la que se aloja o la eficiencia energética del centro de datos.

Por lo tanto, una simple solicitud de texto y la generación de un vídeo complejo no suponen la misma carga para las infraestructuras.

Este es un aspecto fundamental para abordar con seriedad la cuestión de la IA responsable: antes de comparar cifras, hay que comprender qué miden y en qué condiciones se han obtenido.

No te lo pierdas: La huella medioambiental de la IA (1.ª parte) de mAIjin, que detalla los distintos parámetros que influyen en la huella del uso de la inteligencia artificial.

Texto, razonamiento, agentes, imagen, vídeo: no todos los usos de la IA son iguales

La naturaleza de la tarea solicitada desempeña un papel fundamental.

Según los órdenes de magnitud recopilados en el artículo de mAIjin, una indicación de texto breve dista mucho de una tarea agentiva completa o de la generación de un vídeo. El documento presenta, por ejemplo, un rango de entre 0,2 y 0,5 Wh para una indicación de texto breve, frente a entre 10 y 100 Wh para una tarea de agente completa y entre 9 y 400 Wh para un vídeo generado de entre 5 y 8 segundos.

Estos valores no deben interpretarse como constantes universales. Sobre todo, ilustran una realidad: hablar de «la IA» como si se tratara de un uso homogéneo oculta diferencias considerables entre las distintas aplicaciones.

Por lo tanto, también en el sector de los eventos es importante reflexionar no solo sobre el uso de la IA, sino también sobre cómo se utiliza y el valor que realmente aporta cada aplicación.

La extensión del contexto y la complejidad de las solicitudes también influyen

El tipo de contenido generado no es el único factor.

La cantidad de información que se transmite al modelo, la complejidad del razonamiento requerido o el número de acciones necesarias para realizar una tarea pueden influir considerablemente en los recursos que se utilizan.

Una solicitud breve que requiere una respuesta sencilla no es comparable al análisis de un documento muy extenso ni a un agente encargado de encadenar automáticamente numerosas operaciones.

Para las empresas, esta distinción cobra importancia a medida que la IA se integra en los procesos de negocio. Por lo tanto, la pregunta ya no es solo «¿utilizamos la IA?», sino también «¿para qué tareas, con qué grado de complejidad y qué valor aporta?».

En el sector de la organización de eventos, el reto consiste en utilizar la IA allí donde realmente aporta valor.

El objetivo de un enfoque responsable no es necesariamente renunciar a la inteligencia artificial.

Se trata más bien de evitar el uso de modelos complejos para tareas que no lo requieren y de centrar la IA en aquellos usos que puedan generar un beneficio operativo real.

En el sector de la organización de eventos, esto puede significar utilizar la IA para simplificar una configuración compleja, agilizar la preparación de un evento, automatizar ciertas tareas repetitivas o facilitar la personalización de la experiencia de los participantes.

Esta lógica permite pasar de un uso de la IA «simplemente porque está disponible» a un uso guiado por la utilidad, la eficacia y la pertinencia.

La automatización inteligente también puede reducir otras formas de desperdicio

El impacto medioambiental de una herramienta digital no debe analizarse de forma totalmente aislada del proceso que transforma.

Una plataforma centralizada para la gestión de eventos puede, por ejemplo, reducir ciertas tareas manuales, minimizar los intercambios dispersos entre varias herramientas y facilitar la digitalización de determinadas operaciones.

El uso de formularios digitales, comunicaciones personalizadas, aplicaciones para móviles, códigos QR o documentos digitalizados puede contribuir a reducir el uso de ciertos soportes físicos y operaciones innecesarias.

Esto no significa que lo digital no tenga ningún impacto. Significa que un enfoque responsable debe analizar el sistema en su conjunto y las decisiones tomadas, en lugar de oponer sistemáticamente lo digital y el medio ambiente.

Sigue siendo imprescindible medir el impacto global del evento

La IA no es más que un componente de la huella medioambiental de un evento.

El transporte de los participantes, el alojamiento, la restauración, los equipamientos, la energía, los servicios y los usos digitales contribuyen, en mayor o menor medida, a su balance global.

Por eso, AppCraft también permite calcular y realizar un seguimiento de la huella de carbono de un evento, con el fin de ayudar a los organizadores a identificar mejor las principales fuentes de emisiones.

Esta medida permite situar cada uso en su contexto y evitar centrar todos los esfuerzos en un aspecto visible, pero que podría ser secundario en relación con la huella total del evento.

Preguntas frecuentes — IA aplicada a eventos e impacto medioambiental

La justifica cuando aporta un beneficio operativo real, proporcional a la complejidad que conlleva. Hay tres preguntas que ayudan a tomar una decisión: ¿para qué tarea?, ¿con qué complejidad? y ¿qué valor aporta? Simplificar una configuración compleja, acelerar la preparación, automatizar tareas repetitivas o personalizar el recorrido de un participante son usos pertinentes. Las magnitudes citadas por mAIjin ponen de manifiesto el interés de no recurrir a modelos complejos ni a agentes para necesidades sencillas: entre 0,2 y 0,5 Wh para una breve indicación de texto, frente a entre 10 y 100 Wh para una tarea completa de un agente. Estas cifras son orientativas y varían en función del modelo y la infraestructura.

Tratándolo como una partida más, y no de forma aislada. El transporte de los participantes, el alojamiento, la restauración, los equipamientos, la energía, los servicios y los usos digitales contribuyen todos, en mayor o menor medida, a la huella global. Medir el conjunto permite identificar las principales fuentes de emisiones. De este modo, se evita centrar los esfuerzos en una partida muy visible pero potencialmente secundaria. Una herramienta de cálculo y seguimiento de la huella de carbono, como la que ofrece AppCraft, ayuda a situar el uso de la IA en su contexto.

No de forma automática: lo digital también tiene su huella (consumo eléctrico, agua, centros de datos, fabricación de infraestructuras). Sin embargo, puede reducir otras formas de despilfarro. Una plataforma centralizada limita ciertas tareas manuales y los intercambios dispersos entre varias herramientas. Los formularios digitales, las aplicaciones móviles, los códigos QR o los documentos digitalizados pueden sustituir a los soportes físicos. El enfoque adecuado consiste en examinar el sistema en su conjunto y las decisiones tomadas, en lugar de oponer sistemáticamente lo digital y el medio ambiente o considerar que la IA es inmaterial y carece de impacto.

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